Beto Quevedo: “El clima de cambio es más cultural que económico”

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Por Silvina Friera.

Lejos de las pequeñas escaramuzas coyunturales, hay libros que irrumpen para desencajar conceptos, desacomodar las rígidas estructuras del pensamiento, horadar sentidos comunes y recuperar la ambigüedad de los imaginarios culturales. La cultura argentina hoy. ¡Tendencias! (Siglo XXI), compilado por el sociólogo Luis Alberto Quevedo, despliega una exacta docena de ensayos que incluyen tópicos como “cuánto y cómo se lee” –a cargo de Néstor García Canclini–, “filosofía de la experiencia posidentitaria –de Darío Sztajnszrajber–, “las narrativas transmedia” –reflexión escrita a cuatro manos por Ariana Vacchieri y Luciana Castagnino–, “la escena teatral argentina en el siglo XXI” –por Jorge Dubatti–, “cultura, juventud y política en los años del kirchnerismo” –análisis de José Natanson–, entre otros temas. “Las sociedades se han vuelto más conservadoras. Pese a que América latina no vivió ese proceso en los últimos diez años, si uno mira el mundo hoy, la modernidad hizo una promesa de secularización que no solamente no se cumplió, sino que Dios ha vuelto armado, agresivo y violento –plantea Quevedo a Página/12–. El proceso político argentino tiene su especificidad: por qué hoy Macri está en el poder tiene una complejidad política que no se resume sólo por claves culturales o por tendencias globales”.
–¿Qué puede agregar para explicar más esa complejidad?
–Macri trae la promesa cultural de una sociedad bien ordenada, de jerarquías, una sociedad donde imperen las diferencias y no el principio de equidad. Y hay en eso tradiciones muy fuertes en la cultura argentina. El liberalismo conecta bien con un sentido común de la política. Por ejemplo: “hay que ganarse la vida; los que no trabajan no merecen ser ayudados; el esfuerzo se debe pagar”; ese tipo de sentidos comunes del liberalismo funcionan bien en el sentido común social. Hay un clima de cambio que creo que es más cultural que económico. Hay algo que la sociedad argentina no le soporta al kirchnerismo, que son cuestiones de forma, de estilo, de maneras de hacer la política que también pesan.
–Un aspecto que llama la atención es que, cuando se intenta definir a Cambiemos como una construcción de derecha, los integrantes del PRO y sus aliados políticos dicen que eso es antiguo y que no es cierto. Es como si hubiera un problema con la identidad, que hace pensar en uno de los ensayos de Darío Sztajnszrajber, ¿no?
–En la modernidad las identidades políticas fueron sólidas, diría Zygmunt Bauman, después todo se volvió líquido. Pero para él la modernidad fue sólida en muchos sentidos: en cuanto a un sistema de creencias que daba seguridades, que producía un ordenamiento social; y los consumos culturales también estuvieron asociados a esta solidez. Esa modernidad sólida, de clases muy estructuradas, tuvo un correlato con sistemas ideológicos muy fuertes; entonces el socialismo era muy fuerte, el liberalismo era muy fuerte, los nacionalismos… En ese mundo, derecha e izquierda, que vienen de la Revolución Francesa, pero que fueron muy estructurantes del mundo ideológico de la modernidad, tenían un sentido que partía el campo de la cultura política. En el siglo XXI, creo que esa categoría en muchos países y en Argentina es muy difícil de utilizar. Si a mí me preguntan si Macri es de derecha, me cuesta decir simplemente que sí porque es más complejo: es de una derecha liberal, pero es también un tipo posmoderno en sus convicciones, porque no es ideológico sustantivamente, no tiene ningún inconveniente con cambiar de idea, no tiene ningún inconveniente de nutrirse de figuras políticas que vienen de distintos campos. No tiene ninguna pretensión de que la sociedad argentina quede teñida de algo que uno podría imaginar como ideología pro macrista. Macri tiene poco macrismo como construcción política. En cambio, Cristina Kirchner tiene mucho kirchnerismo. Hay otras tradiciones políticas que se construyeron a partir de teñir las vidas de los ciudadanos. Macri no te pide nada, por eso es fácil votar a Macri; pensá lo que quieras, vení de donde quieras, si sos socialista, radical, peronista, no importa para él. Lo que importa es que te sumes a un proyecto de trabajo moderno donde todos tenemos que dialogar y cosas por el estilo. Es muy liviano todo eso. ¿En qué encaja todo esto con lo que dice Sztajnszrajber? En que justamente lo que Darío dice es que las identidades hoy se construyen por retazos, por un conjunto de recursos que tiene el ciudadano, que no son identidades totales, que no son identidades que te aprisionan, que no son identidades que te interrogan en tu vida moral, en tu vida política, en tu vida afectiva y de amistades. Yo diría que las identidades que vienen de la música son muy importantes: los chicos se tatúan los grupos musicales en el cuerpo. O las identidades que vienen del fútbol. El cuerpo es un territorio de intervenciones, de operaciones y de identidades. Creo que nadie tiene grabado en el cuerpo la cara de Macri, al menos nunca vi eso. Pero sí he visto cuerpos tatuados con las caras de Néstor y Cristina. El PRO engancha bien con un momento de la historia que te está diciendo: “Yo no espero de vos que hagas que tu vida se reduzca a mi sistema de ideas porque mi sistema es muy pequeño y muy lábil”. Es como si un club de fútbol te dijera: “Yo acepto que seas hincha de mi club, pero también si querés gritar por el otro no me molesta. Y si querés cambiarte de club al otro día no me molesta”. Eso sería inimaginable (risas).
–Rompería con un “principio” básico del hincha: se puede cambiar todo, incluso de mujer o de hombre, menos la camiseta.
–Aun cuando se cambia de mujer o de hombre, el mundo de los afectos también tiene un sistema de exigencias: por lo menos mientras dure, quiero que estemos juntos. Macri no te pide ni siquiera eso. Te dice vení, votame, disfrutá… Por respeto a una derecha culta, no pertenece a esa tradición. Macri es bastante iletrado.
–Se podría incluir en esta derecha culta al escritor Ramón Doll, un nacionalista católico, o también al escritor Ignacio B. Anzoátegui, de un estilo similar.
–Exactamente. Al lado de eso, Macri es la nada. Decir que Macri es de derecha es no entrar por la ventana correcta. Yo entraría por otra.
–¿Por cuál?
–Macri es liberal en sentido económico sin ninguna duda. El cree en el mercado, en la iniciativa privada. Si uno mira algunas frases del discurso de Macri, responde a la esencia del liberalismo del siglo XIX de John Stuart Mill. Macri dice: “Nosotros vamos a crear un país donde cada uno pueda soñar su modelo de vida y lo pueda construir”. Esta frase que la ha dicho en varios discursos, no sé de dónde le salió, no sé si se la escribieron o le salió naturalmente, pero es una frase del liberalismo del siglo XIX. La política es la creación de condiciones para que cada uno realice un proyecto de vida personal. Si te va bien, es porque lo hiciste bien. Si te va mal, es porque lo hiciste mal. No hay una idea de que el Estado tenga que sostener. Macri está más asociado a esta tradición liberal, de mercado, de las empresas, de un desarrollo asociado a lo que él llama la integración al mundo, que es el mundo de Estados Unidos y algo de Europa. Macri se colocó en un lugar aspiracional que una parte de la sociedad argentina, la mitad, aceptó. Entonces ese político aparece en la tapa de la revista Caras o Gente con Juliana Awada…
–“Educada para sonreír”, tituló Clarín un perfil de Awada. ¿Qué es eso de “educada para sonreír”? ¿Volvimos al siglo XVIII en términos de derechos y cuestiones de género?
–No me irrites, no me pongas mal… Se aplastan todos los derechos. Quizá para ella su lugar en el mundo sea “educada para sonreír”. Macri te diría: “cada uno elige su camino de vida y ella eligió ese, que es acompañar a un gran hombre, que soy yo”. El liberalismo no piensa a los sujetos como sujetos de derechos, que es la tradición del socialismo o del peronismo. El entramado de la sociedad se hace de instituciones que se crean para sostener a los ciudadanos, un entramado de derechos. El liberalismo piensa que la sociedad es un conjunto de iniciativas individuales donde el resultado es que los más aptos sobreviven y que esos que sobreviven son los que tienen derechos. Los otros no tienen derechos. No creo que Macri tenga de todo esto una reflexión teórica, no sé si sus asesores la tienen, pero actúa así, como dice Karl Marx en El capital: “No lo saben, pero lo hacen” (risas).
–Macri suele apelar al “vecino” o a la “gente” cuando habla, sustantivos depurados de cualquier contenido político. ¿Por qué en su discurso nunca aparece la palabra “pueblo” ni “ciudadanía”?
–Eso Louis Althusser lo trabajó muy bien desde el discurso político cuando él analiza cómo se interpela. Cuando nominás a alguien, lo estás ubicando en un lugar, lo estás interpelando desde ahí. Si dicen vecino, ya sé que lo está poniendo en un lugar que no tiene que ver con un entramado de derechos políticos, sino que está colocando a una persona en una localización geográfica: que vive en tal barrio de esta ciudad. Si digo compañero o correligionario, como decían los radicales, lo ubico en una ideología política. Y si digo ciudadano, lo estoy colocando en una trama de derechos y de identidades, porque no es lo mismo ser ciudadano francés, que peruano o argentino. Macri desterritorializa la política, la saca del territorio de los derechos y la pone en los territorios geográficos. La vecindad es eso. La “gente” como categoría es casi lo peor; la gente es como un estado prepolítico. Todos lo usamos, no estoy dramatizando esto. Pero que un presidente o un político la usen tiene cierto peso. Por ejemplo: Cristina no usa la “gente” en general; es cuidadosa con eso porque es como decir: “humanos que andan por ahí” (risas). Pero no es “humanos que andan por ahí” porque los humanos se asocian en estados nacionales, tienen o no tienen derechos, funcionan dentro de ciertas identidades, se les reconoce ciudadanía. La gente es una categoría muy despectiva en la compleja adquisición de derechos que tiene cualquier país.
–En estos diez años hubo una ampliación inédita de derechos. Macri no dio señales apasionadas de mantener y profundizar lo conquistado, aunque no sea la pasión precisamente su virtud. ¿Qué puede suceder en un tema tan crucial?
–Honestamente, no lo sabemos. Yo no creo que Macri venga a desmontar un estado de derechos adquiridos. Sí tengo la idea de que va a venir a descomprimir una demanda por derechos. Entre los debates que hay sobre la democracia está la radicalización de los derechos como una profundización de la democracia. Macri se va a colocar en el otro extremo, que es la descompresión de derechos para bajarle la intensidad al uso de los derechos que hace el ciudadano. Todos los derechos que tienen que ver con seguridad social en las sociedades despiertan muchas expectativas. En vez de ampliar y avanzar, descomprime esos derechos y todo se vuelve más débil: la escuela pública es más débil, el hospital te atiende menos, la jubilación se devalúa y no necesitás cambiar las cosas, podés pincharlas. Yo creo que Macri está más cerca de eso que de ir en contra. No me imagino a Macri presentando un proyecto de ley para desmantelar derechos adquiridos. Ir en contra del matrimonio igualitario hoy sería casi imposible. Pero se pueden pinchar y desactivar derechos de otras maneras.
–¿En lo inmediato percibe la erosión de la cosa pública?
–Sí, de los bienes públicos. Se va a tratar de desmontar una cultura política que el kirchnerismo construyó, que es la idea de que tu ciudadanía es más compleja y está más llena de aristas y de matices. Me parece que Macri va a decir: “tu ciudadanía depende de vos, de tu historia personal, de tus deseos, de tus posibilidades, de tu trabajo, de tu éxito…” El marketing personal, que ha crecido mucho en estos años, te pone como una unidad empresarial: “vos sos tu propia empresa”. Eso el liberalismo lo ha desarrollado bien porque pega en el sentido común: “Yo tengo que ser más emprendedor en mis actividades”.
–El individualismo “empresarial” esquiva siempre el sentido de lo colectivo y elude la movilización, el hecho de poner el cuerpo en la calle…
–La movilización, la calle, no es el pacto de Macri con los ciudadanos. A Macri no le interesa una política de afectos; nunca hizo una movilización en la ciudad de Buenos Aires por un logro. Macri es un muy distante de la gente; sin embargo, la comunicación política logró ponerlo abrazándose con gente común y corriente, con lo cual valorizó algo que en él es una falta. Eso me parece que es un acierto en lo que fue la publicidad política. Macri no es alguien corporalmente cercano al ciudadano de a pie. Es más bien un tipo distante y frío, ése va a ser su estilo personal. Yo recuerdo que Néstor se tiraba arriba de la gente, pero eso no lo hace cualquiera.

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